ARTE - Foto de Rowan Heuvel

Entre el Dogma y la Apertura: Una Crítica a la Definición del Arte

El ensayo titulado “Fenómeno postmodernista. Hacia una definición más exacta”, de las historiadoras Aurelia María Romero Coloma y Virginia Díaz Chamorro, estructura su esqueleto teórico desde los fundamentos de una crítica beligerante hacia el arte contemporáneo. El problema central de esta obra no radica en su disidencia, sino en la metodología: las autoras blindan gran parte de su ensayo tras una muralla de argumentos de autoridad de autores reconocidos. Este recurso, lejos de fortalecer la tesis, se convierte en un juego de trampas bibliográficas que termina por desacreditarlas a la hora de sostener sus propios puntos de vista. El intento de persuadir al lector acaba destilando un efecto de manipulación burda; un artificio dialéctico que busca suplir la falta de análisis original con el peso de nombres consagrados.

Resulta difícil validar una narración que adopta un tono evangelizador, donde el acto de repartir carnés sobre qué es arte y qué no lo es encuadra el pensamiento en un organigrama infantil, estéril y pueril. No me opongo a la crítica per se; al contrario, creo que la crítica es necesaria para generar cortocircuitos en el receptor y evitar el estancamiento cultural. Sin embargo, cuando se escribe un ensayo con la pretensión de legislar sobre el “auténtico arte”, se cae en la misma redundancia circular de aquellos historiadores que señalan el problema pero no proponen nada. Criticar es un ejercicio de libertad de expresión, pero la crítica que nace del resentimiento estético o de la nostalgia dogmática no quedará en la memoria como fuente de consulta para las futuras generaciones. Con el debido respeto a las autoras, no puedo otorgar mayor crédito a su ensayo.

Es innegable que, bajo el paraguas del posmodernismo, conviven obras deleznables y “vividores del sistema” que carecen de talento, pero que se sostienen por afinidades ideológicas o por el control de una secta minoritaria que parasita las ayudas públicas, bloqueando el acceso a otros creadores. Pero si algo ha demostrado el posmodernismo como fuerza motriz del arte contemporáneo, es su capacidad casi biológica para asimilar por igual el estiércol y la sublimidad creadora. Esta es, simultáneamente, su mayor grandeza y su más flagrante incoherencia. El posmodernismo ha sabido recoger la complejidad que asola a nuestra especie, confrontando los modelos familiares y las estructuras rígidas mediante un individualismo hedonista que, si bien está cargado de estupidez en muchos casos, también contiene chispazos de genialidad absoluta.

El arte contemporáneo ha sido acusado de plagiar a los futuristas y a las vanguardias de entreguerras, un apartado que las historiadoras documentan con rigor técnico. No obstante, la pregunta es inevitable: ¿vamos a vivir de las rentas del pasado como un acto vitalicio? ¿Debemos exigir que los artistas del presente renuncien a su fuerza motriz solo porque sus obras no representan los “valores” que, desde una perspectiva externa, se consideran “reales” y “verdaderos”? Es un tema peliagudo, pero rotundo: si no existiera la posmodernidad, los museos de todo el mundo estarían hoy vacíos. El ser humano no es una entidad estática; necesita desafíos, pruebas y juegos conceptuales que lo lleven un paso más allá de lo puramente figurativo o académico.

Lo que es imperativo entender es que la historia es cíclica. Lo que ocurrió en los años 10 del siglo pasado ha tenido un eco inevitable en el siglo XXI, pero no podemos supeditar la vida creativa actual al hecho de que “eso ya se hizo hace cien años”. Todo objeto, idea o concepto es susceptible de ser reinterpretado y modificado; de ahí nace la esencia del posmodernismo. Es obvio que muchas obras financiadas por el Estado han envejecido mal y muestran costuras conceptuales vergonzosas. Por ello, para elevar el debate, es necesario establecer las siguientes premisas:

La crítica con propósito: Si realizo una crítica destructiva, tengo la responsabilidad intelectual de proponer una alternativa o un nuevo camino estético.

Identificación del fraude: Si sostengo que el posmodernismo es un fraude, debo ser capaz de explicar con precisión cuáles son las obras que representan ese engaño y por qué.

La debilidad de la autoridad: El uso sistemático de argumentos de autoridad para validar juicios personales deja expuesta la falta de argumentos propios y la inseguridad del autor.

En última instancia, la posmodernidad funciona como una suerte de ONU cultural: un espacio donde todos los discursos merecen ser escuchados. En este escenario, el resultado final —la obra física— deja de ser lo único importante para ceder protagonismo a la intencionalidad del creador.

Comparte este artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio