Fluxus: ocho libros para entender un arte sin fronteras

A comienzos de los años sesenta, un grupo de artistas, músicos y escritores comenzó a poner en cuestión algunas de las categorías sobre las que se había construido el arte moderno. Música, performance, poesía, cine, vídeo, objetos cotidianos y acciones efímeras empezaron a convivir en unas prácticas difíciles de clasificar. En ese contexto apareció Fluxus, una red internacional vinculada especialmente a Europa, Estados Unidos y Japón, cuyo momento de mayor actividad se sitúa en la década de 1960.

Foto de a Rubén Ramírez

George Maciunas fue una figura fundamental en su organización y difusión, pero Fluxus nunca funcionó como un movimiento homogéneo. De hecho, varios de sus protagonistas rechazaron esa definición. Dick Higgins lo describió como una forma de hacer las cosas, una tradición y una manera de entender la relación entre arte y vida. El término comenzó a utilizarse públicamente en torno a los festivales organizados por Maciunas en 1962, especialmente el celebrado en Wiesbaden, donde confluyeron propuestas musicales, acciones, partituras y performances.

Su importancia no reside únicamente en las obras que produjo, sino en el cambio de actitud que introdujo. Fluxus cuestionó la separación entre disciplinas y también la consideración de la obra de arte como un objeto necesariamente permanente, único y destinado a la contemplación. El azar, el humor, la participación, las instrucciones, el uso de materiales cotidianos y la incorporación de la música y la acción fueron algunas de sus herramientas. Artistas como Yoko Ono, Nam June Paik, Wolf Vostell, Joseph Beuys, George Brecht, Robert Filliou o Ben Patterson desarrollaron propuestas muy distintas entre sí, pero conectadas por una voluntad común de ampliar los límites de la práctica artística.

Más de seis décadas después, Fluxus sigue siendo una referencia especialmente fértil para entender buena parte del arte contemporáneo. Su influencia puede rastrearse en la performance, el arte conceptual, el vídeo, las prácticas participativas y aquellas propuestas que cuestionan la separación entre creador, obra y espectador. Los siguientes ocho libros permiten acercarse a ese legado desde perspectivas diferentes: estudios generales, textos de los propios artistas, catálogos de exposiciones y monografías dedicadas a algunas de sus figuras principales.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Fluxus de Iñaki Estrella; Fluxus escrito. Actos Textuales antes y después de Fluxus, editado por Mariano Mayer; FLUXUS editado por el Museo Reina Sofía; y el catálogo Primera generación. Arte e imagen en movimiento (1963-1986).

Si se busca un punto de partida, Fluxus, de Iñaki Estella, es probablemente el título más directo. Publicado por Nerea, el libro aborda el movimiento desde sus antecedentes hasta su desarrollo y posterior reconocimiento institucional. La propia descripción editorial lo presenta como uno de los movimientos más difíciles de delimitar de la segunda mitad del siglo XX, precisamente por la diversidad de sus participantes, influencias y prácticas.

Estella recorre cuestiones fundamentales para entender el fenómeno: su relación con Dadá, la influencia de John Cage, la importancia de la música y la performance, la aparición del término Fluxus y el papel desempeñado por George Maciunas. También presta atención a la dimensión social de unas prácticas que no pretendían limitarse a producir nuevos objetos artísticos, sino cuestionar el papel del artista y la propia definición de arte.

Es un libro especialmente útil para establecer un mapa antes de entrar en los protagonistas. Su estructura permite entender que Fluxus no fue únicamente una sucesión de happenings o conciertos experimentales, sino un conjunto de actitudes y estrategias que terminaron afectando a campos muy diferentes de la creación contemporánea.

Para acercarse a Fluxus desde sus propios protagonistas, Fluxus escrito. Actos textuales antes y después de Fluxus resulta especialmente valioso. Editado por Mariano Mayer y publicado por Caja Negra en 2019, reúne textos, instrucciones, partituras, manifiestos, entrevistas y otros materiales vinculados a artistas relacionados con Fluxus y con las prácticas que lo precedieron y acompañaron. La edición incluye textos de George Brecht, Robert Filliou, Dick Higgins, George Maciunas, Nam June Paik, Yoko Ono, Wolf Vostell, La Monte Young, Benjamin Patterson, Mieko Shiomi, Allan Kaprow, Esther Ferrer y otros autores.

Su interés está precisamente en que no propone una única interpretación histórica del movimiento. El lector se encuentra con voces diferentes y, en ocasiones, contradictorias. Hay manifiestos, reflexiones teóricas, partituras de eventos y textos que se sitúan en ese territorio ambiguo entre literatura, instrucción y obra de arte.

La presencia de las instrucciones de Yoko Ono, las partituras de George Brecht o los textos de Maciunas permite comprender algo esencial: en Fluxus, el lenguaje podía dejar de ser una herramienta para describir una obra y convertirse en la propia obra. Leer este volumen es, en buena medida, entrar en contacto directo con los mecanismos que hicieron posible aquella transformación.

El catálogo publicado por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía con motivo del ciclo Fluxfilms 1962-2002 es una de las referencias fundamentales disponibles en castellano. Publicado en 2002, reúne 342 páginas y estudia la relación de Fluxus con el cine y el vídeo, además de abordar sus vínculos con la música, el happening y otras prácticas experimentales.

El volumen presta atención a figuras como George Maciunas, Wolf Vostell y Yoko Ono y cuenta con textos de autores como Peter Frank, Ken Friedman, Kristine Stiles, José Iges o Jon Hendricks. Una de sus aportaciones más interesantes consiste en mostrar que el cine y el vídeo no fueron elementos secundarios dentro de Fluxus, sino espacios de experimentación que permitieron cuestionar las convenciones del propio medio.

La publicación también ayuda a entender la dimensión internacional de Fluxus y la dificultad de reducirlo a un grupo de artistas. El ensayo de Ken Friedman, incluido en el catálogo, insiste precisamente en la diferencia entre Fluxus como colectivo histórico y la llamada “idea Fluxus”, vinculada a conceptos como la unidad entre arte y vida, el experimentalismo, el azar, la sencillez o la participación.

Para completar este recorrido general por Fluxus conviene ampliar la mirada hacia el contexto de las prácticas audiovisuales que se desarrollaron en paralelo y que mantuvieron una relación estrecha con algunos de sus protagonistas. Primera generación. Arte e imagen en movimiento (1963-1986), publicado por el Museo Reina Sofía con motivo de la exposición homónima, permite precisamente situar algunas de las experiencias vinculadas a Fluxus dentro de la historia más amplia del vídeo y la imagen en movimiento.

El catálogo reúne trabajos y textos sobre los primeros usos artísticos del vídeo y aborda cuestiones como la performance, el arte conceptual, el minimalismo, la crítica de los medios y el feminismo. Entre los artistas presentes se encuentran Nam June Paik y Wolf Vostell, dos nombres fundamentales para entender la conexión entre Fluxus, la experimentación audiovisual y la incorporación de las nuevas tecnologías a la práctica artística. Más que un libro dedicado exclusivamente al movimiento, resulta útil para comprender cómo algunas de sus ideas continuaron desarrollándose en otros medios y durante las décadas posteriores.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Pomelo de Yoko Ono; Wolf Vostell de María del Mar Lozano Bartolozzi; catálogo de la obra de Joseph Beuys editado por el Museo Reina Sofía; y Los mundos de Nam June Park editado por el Museo Guggenheim Bilbao.

Pocos libros explican mejor que Pomelo la transformación de la obra de arte que plantearon algunos artistas vinculados a Fluxus. Publicado originalmente por Yoko Ono como Grapefruit en 1964, el volumen reúne instrucciones y propuestas que convierten acciones imaginadas o realizadas por el lector en el centro de la experiencia artística. La edición española de 2007, publicada por Radio Fontana Mix, fue traducida por Pilar Vázquez.

El planteamiento es sencillo y, al mismo tiempo, radical: la obra ya no tiene por qué ser un objeto producido por el artista. Puede consistir en una instrucción que otra persona interpreta, ejecuta o incluso imagina. Algunas propuestas requieren una acción concreta; otras funcionan como situaciones imposibles o ejercicios mentales.

Pomelo permite entender también la importancia de la imaginación y de la participación en la práctica de Ono. La obra deja de estar necesariamente localizada en un objeto y pasa a existir en el proceso que desencadena una instrucción. En ese desplazamiento se encuentra buena parte de la importancia histórica del libro y su relación con las prácticas conceptuales y performativas que se desarrollaron durante los años sesenta.

Wolf Vostell ocupa un lugar importante en la historia de Fluxus y, al mismo tiempo, permite ampliar la mirada hacia otras prácticas de la neovanguardia europea. La monografía de María del Mar Lozano Bartolozzi, publicada por Nerea en 2000 dentro de la colección Arte Hoy, ofrece una aproximación a la trayectoria del artista alemán.

Vostell desarrolló una obra que atravesó distintos medios: pintura, collage, instalación, happening, escultura, vídeo y acciones. Su trabajo estuvo especialmente marcado por la incorporación de objetos y tecnologías de la vida cotidiana, así como por una mirada crítica hacia los medios de comunicación y la sociedad contemporánea.

Su relación con Fluxus permite observar además cómo el movimiento se desarrolló más allá de una determinada técnica. En Vostell, la televisión, los objetos encontrados, el ruido, la acción y el espacio público podían formar parte de una misma práctica. Su obra constituye así una de las vías más interesantes para comprender el carácter intermedia de Fluxus y su voluntad de borrar las fronteras entre disciplinas.

Joseph Beuys es otro de los nombres imprescindibles para aproximarse al contexto de Fluxus, aunque su trayectoria posterior excediera ampliamente los límites del movimiento. El catálogo Joseph Beuys, publicado por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en 1994 con motivo de una gran exposición dedicada al artista. Entre sus autores figuran Götz Adriani, Laura Arici y Heiner Bastian.

La inclusión de Beuys permite abordar una cuestión central de la cultura artística de los años sesenta: la ampliación de la noción de obra. Beuys convirtió la acción, la palabra, los materiales cotidianos y la interacción con otras personas en elementos fundamentales de su práctica. Su trabajo resulta especialmente relevante para comprender cómo la escultura podía dejar de entenderse exclusivamente como un objeto y pasar a relacionarse con procesos, acciones y situaciones.

Aunque sería simplificador identificar toda la producción de Beuys con Fluxus, su participación en el entorno del movimiento y sus relaciones con artistas como Maciunas y Paik permiten situarlo dentro de esa red de experimentación. Su trayectoria posterior demuestra, además, hasta qué punto las ideas desarrolladas en aquellos años terminaron desbordando las categorías con las que inicialmente habían sido identificadas.

La trayectoria de Nam June Paik permite seguir otra de las grandes transformaciones asociadas a Fluxus: la entrada de la tecnología y de la imagen electrónica en el campo del arte. Los mundos de Nam June Paik, publicado por la Fundación del Museo Guggenheim Bilbao con motivo de la exposición celebrada en 2001.

Paik llegó a Fluxus desde la música experimental y la performance y estuvo profundamente influido por John Cage y George Maciunas. Su interés por la televisión, el vídeo y los medios de comunicación transformó progresivamente la relación entre tecnología y creación artística. En sus primeras obras utilizó televisores modificados y posteriormente desarrolló instalaciones, performances y piezas de vídeo que cuestionaban la manera de producir y recibir imágenes.

El catálogo resulta especialmente útil porque permite seguir esa evolución sin separar completamente sus diferentes etapas. En Paik, música, performance, televisión, vídeo, escultura e instalación forman parte de una misma investigación. Su trabajo demuestra hasta qué punto las experiencias desarrolladas en torno a Fluxus podían abrir caminos hacia territorios que todavía no estaban plenamente definidos como disciplinas artísticas.

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