Hace unos años mi suegra me preguntó qué podría regalar a mi hija mayor por Navidad; entonces ella tenía diez años, le gustaba leer novelas gráficas como El diario de Ana Frank, adaptado por Ari Folman e ilustrado por David Polonsky; así que le sugerí regalarle un cómic. Cuando mi hija abrió su paquete, encontró un cómic, sí, de Mortadelo y Filemón. Sin querer menospreciar al increíble historietista Francisco Ibáñez, que tan presente ha estado en nuestra infancia, me di cuenta de que quizá el error fue haber dicho “cómic” en lugar de usar novela gráfica; tal vez la confusión iba más allá de las palabras utilizadas, y tenía que ver en realidad, con el concepto cultural que aún pesa sobre él.
Hay un estigma que todavía carga el cómic; se le suele encasillar en dos extremos: entretenimiento infantil o, si hablamos de cómic para adultos, se asocia a contenido erótico o violento. Durante mucho tiempo fue considerado una forma cultural menor, enfocado en el humor o los superhéroes, de venta en puntos concretos como quioscos o tiendas especializadas.

En la década de los 80 comienzan a romperse esos estereotipos con obras maestras como la novela gráfica Maus, del sueco-estadounidense Art Spiegelman. Un cómic que trataba la barbarie del Holocausto a golpe de historieta. En 1992 recibió el premio Pulitzer.
A comienzos del siglo XXI surgen obras que rasgan con mayor intensidad viejos conceptos. Persépolis, creado por la artista iraní, recientemente fallecida, Marjane Satrapi; es una obra autobiográfica: ella cuenta su propia experiencia y la representa gráficamente; demuestra que puedes hablar de una revolución, una guerra, una dictadura, la religión, el exilio o la identidad sin abandonar el lenguaje de la viñeta. El blanco y negro se convierte en tonos elegidos con mucho mimo y delicadeza para contar la cruda vivencia a través de una niña que intenta comprender un mundo que se está volviendo incomprensible. A veces no se necesitan muchas palabras; una imagen, un silencio, permiten al lector poder construir en su mente una escena de gran carga emocional.
La novela gráfica se expande y se diversifica. Comienza a desdibujarse ese perfil de adolescente masculino interesado en superhéroes por el de un adulto, mujer u hombre, interesado en autobiografía, literatura, historia, memoria o cuestiones sociales. Ya no se encuentran solo en los quioscos o tiendas especializadas; pueden adquirirse en bibliotecas, librerías generalistas, colegios, universidades o ferias del libro, donde cada vez más ocupan un espacio relevante por el notable aumento de su demanda. En 2007 nace el Premio Nacional del Cómic en España, consolidando a la novela gráfica como manifestación literaria y artística de pleno derecho. La presencia de autoras femeninas crece considerablemente, enriqueciendo las temáticas disponibles. En 2018 Ana Penyas se convierte en la primera mujer en ganar el Premio Nacional del Cómic con “Estamos todas bien”, una obra sobre la memoria histórica de las mujeres rurales y sus abuelas.
La novela gráfica demuestra que puede ser un instrumento para representar la realidad, una realidad que se sirve del lenguaje gráfico, evidenciando que este puede ocupar prácticamente cualquier territorio narrativo.

Este verano me visitó una amiga, muy lectora, pero no dada al cómic. Es entonces cuando le propuse leer una obra de mi querido amigo e historietista Javier de Isusi, Premio Nacional de Cómic 2020. Le ofrecí Todas las mañanas, Premio Zona Negativa al Mejor Cómic Nacional 2025. Dicho por el artista, no le interesa tanto «hacer dibujos bellos» como conseguir transmitir lo que quiere con el mínimo de recursos.
Como dice el propio cómic: “Cualquier parecido con a la realidad es pura… realidad”. Así es, cuenta la historia de dos familias que han acogido a menores que han padecido enormemente en sus primeros años de infancia. Habla de qué significa convivir con un niño que ha sufrido un trauma y que no puede relacionarse con el mundo como lo haría otro niño. El estilo de acuarela de Isusi muestra al lector, con gran sensibilidad, la cruda realidad de esas heridas que muchas veces son difíciles de sellar.
Cicatrices que cierran muy lentamente y siguen doliendo al tocarlas. Familias que abren las puertas de su hogar y el acogimiento y cuidado también les transforma. Su lectura no te dejará impasible.
Después de leer esta obra, mi amiga quiso más, porque un cómic no es una simple sucesión de viñetas; no son dibujos metidos en cuadrados. Las historias que se cuentan están siendo narradas mediante la acuarela, la línea, el montaje, el color y el silencio… La imagen cobra vida, la historia comienza a ser narrada y el lector descubrirá que los cómics hace tiempo que viajaron más allá del 13 Rue del Percebe.

